En 1647 se encontró en dicho pueblo del Cisne una santa imagen de Nuestra Señora de poco más de una vara de alta con su niño en la mano, la cual decían los naturales, que la trajeron de Quito hacía más de 40 años, colocándola en una pequeña capilla que habían construido en ese lugar. Pero como los indios eran muy pocos el Lcdo. Diego de Zorrilla, Oidor de la Real Audiencia de San Francisco de Quito les ordenó quemar los ranchos en que vivían y que se trasladasen al pueblo vecino de San Pedro de Chuquiribamba situado a 3 leguas de distancia. Obedecieron los indios y cargando la santa imagen llegaron a su destino, pero entonces se desató una fuerte tempestad de viento, que los árboles se despedazaban y las casas se descobijaban, motivo por el cual los naturales de Chuquiribamba pidieron a los del Cisne que se regresaran inmediatamente y se fueran llevando su santa imagen. Así lo hicieron y al punto que torcieron con la imagen sosegó la tempestad, después de este prodigio, muchos se declararon esclavos y mayordomos de esta Santísima Señora.

En agosto de 1800, un hombre nativo del Perú, siendo milagrosamente sanado de una grave enfermedad por la Virgen del Cisne, hizo la solemne promesa de trasladarse a pie a dar gracias a María en su santuario. Por el mes de Agosto de aquel año se dirigió al pueblo del Cisne, subía la cuesta de la Alhaja en donde a poco la sed empezó a fatigarle en extremo. Buscaba agua con ansiedad y no pudo encontrarla; más así se dio modos para seguir caminando hasta llegar al paraje llamado Huasir, en donde no pudiendo más cayó desmayado, al punto de desfallecer, acosado vehementemente por la sed y la fatiga. Como no conocía el sitio, no sabía que más adelante había agua y aunque lo supiera, no tenía fuerzas para más. Entonces en tan difícil circunstancia, dirigió la siguiente plegaria a la Virgen: Madre mía del Cisne, ¿Cómo concientes que muera antes de llegar a tu santuario, a donde voy a darte gracias de los grandes beneficios que me has otorgado? Dame agua para salvar mi vida. Desfallecido y casi sin aliento fajó los ojos al suelo y vio por dicha suya una ligera humedad en el camino, raspó el lodo con la mano y al rato brotó un hilo de agua que empezó a correr. Enseguida aplacó su sed con aquella agua que reconoció como milagrosa y continuó su camino hasta el pueblo, donde se postró a los pies de la Virgen para acreditarle su reconocimiento por los beneficios que le otorgó y desde entonces se le llama agua milagrosa de la Virgen.


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